Si pasas por la intersección de las calles Paula Albarracín de Sarmiento e Ignacio de la Roza, seguro que viste a un hombre en silla de ruedas. Es Sergio, tiene 60 años, próximo a cumplir 61 el mes que viene. Es oriundo de Lomas de Zamora, provincia de Buenos Aires. Su vida comienza allá y nos cuenta por qué motivo llega a San Juan, cómo es su vida y lo feliz que está en la provincia. "Yo formé una familia en Bunos Aires, tengo tres hijos maravillosos y soy separado. Trato de viajar para sus cumpleaños o cada dos meses para estar en contacto.
Mi primer trabajo fue en Entel, trabajé desde el 81 hasta el 93. Luego estuve un año sin trabajo hasta que me tomaron en Siemens, la empresa alemana donde estuve desde el 1994 hasta el 2017. En esta empresa me dieron el trabajo home office por mi discapacidad y así fue, trabajé muchos años desde casa. Pero esto no me funcionó bien respecto a mi convivencia matrimonial, porque al cabo de un tiempo decidimos separarnos. Luego por medio de las redes sociales conocí a Patricia, ella es sanjuanina, entonces decidí viajar a San Juan para conocerla y aquí me quedé a su lado. Una mujer encantadora y llena de vida con la cual comparto mis días hoy. Además, no sólo me enamoré de ella sino de la ciudad, su clima, su gente, de todo. Me favorece el clima seco, sobre todo por los dolores que tengo para manejar la silla de ruedas. Amo los 40¦ del verano y lo más complicado es el invierno porque debo abrigarme mucho y así es más difícil la movilidad con la silla de ruedas.
Mi patología es congénita, producto de la tragedia de la talidomida, durante los años cincuenta y sesenta. Mi madre tomó ese remedio por lo que nací sin fémur, tenía los pies, pero luego me los amputaron, tuve prótesis ortopédica y caminé hasta el 2012. Pero cuando dejé de caminar, tenía pocas exigencias, gracias a Dios esto coincidió con que en Bunos Aires recién estaban adaptando los coches para sillas de ruedas, esto resultó más cómodo para poder trasladarme. Pero en el 2017 me despiden de la empresa. Obviamente hoy tengo una jubilación por discapacidad, te jubilan 10 años antes, utilizaron esa herramienta para despedirme, la jubilación anticipada.
Este rebusque de vender lapiceras ya lo hacía en Bunos Aires porque no alcanzaba la plata ya que éramos una familia grande. Cuando llegué a San Juan mi señora me dijo ‘ya tengo tu esquina donde vas a ir a trabajar’: era entre calles Urquiza e Ignacio de la Roza, empecé mi trabajo allí hasta que empezaron la obra de remodelación por ensanchamiento de la calle. Por ello me mudé a Paula Albarracín y Central. Mi señora también trabaja en mantenimiento de casas de familia, pero aclaro que no tiene ninguna discapacidad. Vivo a cuatro cuadras de esta esquina. Mi experiencia en la calle es de muchas cosas vividas. Hay quien te brinda cariño con su amabilidad y otros que te tiran los billetes andando en auto, esto para mí es un desprecio, porque debés detenerte y entregarlo en la mano, es lo que más bronca me da, pero es muy rara vez que pase. Uno entiende la situación que vivimos, es complicada y de golpe viene alguien y sube inmediatamente la ventanilla. Está todo bien, yo no tengo manera de hacerle daño, pero yo lo asumo como parte de la vida porque estamos todos mal. La gente por lo general en la calle es muy buena porque me ofrecen agua, tortitas, hasta bolsones de mercadería, pero me cuesta aceptarlo porque yo vendo lapiceras.
Todos los días voy y vengo entre autos ofreciendo las lapiceras cuando el semáforo está en rojo, lo hago de las 9 a las 12,30 hs, hasta que vendo todas. Nunca estuve de acuerdo con pedir limosna, de repente no quiero utilizar la silla de ruedas para algo más. Que me lo regalen es otra cosa. Mucha gente me da el dinero y no reciben la lapicera, lo acepto; ahora pasar el semáforo sin yo ofrecer nada, no. Yo tomo esto como mi trabajo, junto un monto de dinero para comprar lapiceras, pero de pronto suben la unidad, yo prefiero perder un poco de dinero porque debo ajustarme al tiempo que dura el semáforo, no hay tiempo para el vuelto, por eso lo redondeo para abajo hasta que puedo redondear en 100. Si bien soy jubilado, mi pensión no es gran cosa, yo alquilo donde vivo y además, le ayudo a mis hijas pagando los servicios, a pesar de ser grandes yo todavía estoy presente. El trabajo de mi señora y mío nos hace bien para los esparcimientos, salimos a cenar, a pasear y de vez en cuando a bailar. Patricia me enseñó y me hizo muy feliz; pero tenés la mirada ajena que es diferente, por ejemplo a ella la felicitan cuando baila conmigo, me dicen ‘sos un crack’, y yo me pregunto ¿por qué? Nos han sacado fotos y filmado mientras bailábamos, pero para mí es un avasallamiento hacia mi persona. Mi vida en San Juan es hermosa, muchos no entienden el tener asumido esta discapacidad, toda mi movilidad es la silla de ruedas, voy al médico, al centro o hacer trámites en ella. La ventaja es que cuando me muevo para el lado del centro todo es pendiente, ahora cuando regreso tomo el colectivo porque es subida y cuesta en la silla, siempre debo esperar el colectivo que tiene rampa. Cuando llegué a San Juan los colectivos con rampa no existían, empezaron aparecer en el 2019/20 y era uno o dos por línea y a veces no funcionan por diversos motivos. Sí agradezco a muchos choferes que me han alzado para subirme al colectivo, cosa que en Buenos Aires no pasa y esto me enamora de esta ciudad. También en los gestos de la gente que se ofrece a ayudarme cuando debo cruzar una calle.

Hasta antes de la pandemia integraba el equipo de básquet de adaptados de San Juan. Jugué un año y medio hasta que llegó la pandemia y ahí dije basta, porque no podía estar a la par de los chicos y viajar mucho. Hace un año un muchacho se acercó y me preguntó si me interesaban las bochas. Así fui al Estadio Aldo Cantoni, donde juegan un grupo de chicos, pero ese deporte está más orientado a personas con discapacidades mentales, no está adaptado para discapacidades motoras, entonces no puedo competir y a mí como cualquiera, no me gusta ni perder a las bolitas, me gusta competir. Pero continúo yendo porque los chicos y chicas me aceptaron muy bien, me tienen como el motivador y los acompaño, me distraigo durante tres días a la semana por la tarde junto a ellos.
Mi silla se llama ‘Morocha’, el nombre se lo puso mi señora cuando la compramos en el 2019, no sé el motivo, pero debe ser porque es negra y gris. Leva nombre porque esto surgió de mi silla anterior, la compramos con mis padres, en ese momento estaba con mi hijo de 5 años, con él la fuimos a probar y me dijo: ‘¡Qué veloz es, papá!’, por ello le quedó de nombre la ‘Veloz’.
Mi sueño es continuar viviendo, no ocasionar problemas ni a mis hijos ni a mi señora si llego a tener un problema más grave, no me gustaría dañar a mis seres queridos, como yo sufrí al perder a mis padres. Ellos fallecieron estando yo en San Juan por lo tanto viajé mucho en aquel tiempo, mi madre con demencia senil y mi padre con depresión por la demencia de mi madre.
Mi familia es hermosa, la anterior y la de ahora, les agradezco mucho a todos, me enseñaron grandes valores de la vida. Mis hijas, Micaela y Sabrina, vienen a visitarme a San Juan, igual que mi mejor amigo porteño, en pocos días espero la visita de mi hermano y mi sobrino".
Sergio es amante de la vida, de sus hijos y del afecto de Patricia, su compañera actual, al igual de todo lo que le dio San Juan.
