No hay peor desentendido que el que no quiere entender. La frase que se atribuye a Baltazar Gracián (El Criticón, pág. 1180) es la versión del dicho: no hay peor ciego que el que no quiere ver. Dos refranes populares que bien pueden aplicarse a lo que nos pasa con el tema de la educación sexual en las escuelas. No queremos entender ni ver, aquello qué es obvio. Lo que callan las aulas y a veces, algunas familias, llega a nuestros alumnos por vía paralela "la otra educación sexual" que reciben de pares, internet, redes sociales, etc. Prefiero llamarle "información sexual", porque educar es otra cosa. Educar implica extraer de la interioridad de nuestros alumnos lo mejor de sí. Por eso la educación siempre será un proceso que mira hacia adelante.
Cegueras ideologizadas
La falta de implementación del Programa Nacional de Educación Sexual Integral (Ley 26.150 y Res. CFE 045/08) como su implementación ideologizada o reducida a algunas dimensiones de la sexualidad, es fruto de una obstinada ceguera de los adultos. Cegueras que se traducen en inexplicables silencios pedagógicos. La decisión de no abordar esta temática es un lamentable mensaje que damos a los alumnos: de eso no se habla. Ello tiene una connotación negativa de la sexualidad que los alumnos leerán como tal.
También hay algo de ceguera si la educación sexual se reduce exclusivamente a la anticoncepción y al sexo como constructo social desvinculado por completo del dato biológico. La ideología radicalizada suele empañar nuestros lentes. La corporeidad humana tiene un sustrato biológico innegable. Claro que la sexualidad es mucho más que el dato biológico. Existen otras dimensiones en la persona que una educación sexual integral no puede obviar. Precisamente la Ley nacional define a la Educación Sexual Integral como aquella que articula los aspectos biológicos, psicológicos, sociales, afectivos y éticos de la sexualidad (cfr. ley 26150 art. 1º, in fine). Si no somos capaces de lograr esta mirada integradora, es posible que las posiciones se tornen irreductibles y los aportes valiosos de cada enfoque quedan perdidos en estériles luchas ideológicas.
También es ceguera el centrar la educación sexual únicamente en la dimensión valorativa, obviando otras dimensiones de la sexualidad. La educación sexual no debe convertirse en un espacio para juzgar a nadie, ni la moral es un ladrillo a arrojar sobre su cabeza.
La barca de Jesús
Me permito una licencia. Cuando hablábamos estos temas con alumnos de la Universidad Católica, usaba la metáfora de la barca de Jesús. En ella iba María, su Madre, pero también había lugar para La Magdalena, iba Juan su joven discípulo, pero también había lugar para Zaqueo. Nuestras aulas no deben transformarse en un lugar de exclusión y menos, en nombre de la fe.
Del mismo modo es ceguera hacer de la educación sexual una materia más. A nuestros adolescentes no les falta información sobre anticonceptivos ni sobre los derechos que les otorgan las leyes. No adolecen de información. Adolecen de formación necesaria para un buen discernimiento. Su mirada es corta y el futuro representa para ellos un lugar incierto e inseguro. Por eso se enamoran del presente y del goce fugaz. De la expresión latina atribuida al poeta Horacio (65- 8 a.C.) "Carpe diem"- vive el día- hacen todo un culto. Claro que la frase "Carpe diem, quam minimim credula postero", que traducida significa: "Aprovecha el día de hoy; confía lo menos posible en el mañana", es más complicada. Propone no sólo aprovechar el momento, sino desentenderse del futuro. La ausencia de este horizonte, vacía de responsabilidad y compromiso las decisiones en temas como el de la sexualidad. En ese sentido, la educación sexual puede convertirse en valiosa herramienta en la medida que les permita valorar su sexualidad en el marco de un proyecto de vida y en ejercicio de una libertad responsable. Nuestras cegueras nos impiden ver que la educación sexual es un espacio propicio para formar ciudadanos libres, con juicio crítico y discernimiento moral propio. Será cuestión entonces, de limpiar nuestros lentes y abrir los ojos a una realidad que nos demanda.
Por Miryan Andújar
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética de la UCCuyo
