Señor director:
El 30 de junio de 1934, hace 85 años, Buenos Aires se despertó muy temprano. Un evento inédito comenzaba a verse. El Graf Zeppelin volaría por el cielo porteño. Se trataba de un dirigible, un medio de locomoción que en ese entonces parecía estar en su apogeo y representar al futuro, pero al que le quedaba muy poco tiempo de vida. Era un gigante, un mastodonte, una nave imponente, algo inverosímil y ridícula. Tenía 240 metros de largo, 80 de diámetro y algo más de 40 de alto. Era una extraña mezcla entre un globo y un barco. Los dirigibles venían perfeccionándose desde el momento de su invención. Para la época significaban un gran avance. Representaban un progreso enorme frente a los globos. En ellos se podía regular la altura, la velocidad e imprimirles la dirección deseada. Daban la ilusión de que ellos podían dominar los aires, superar el azar (o el capricho) de los vientos. Tenían gran autonomía (alrededor 10 mil kilómetros) y podían alcanzar velocidades de hasta 150 kilómetros por hora. En la barquilla inferior estaban los controles, los camarotes de lujo para los 20 pasajeros, las literas para los 40 tripulantes, un salón de estar reluciente, un comedor, un estación telegráfica y entre otras comodidades un sector para fumadores.
Julián Bernardi
DNI 8.945.973
