De seguir con esta forma de producir con mentalidad mercantilista y cortoplacista económica, se agotará el porvenir de la especie.
Cuando se hablaba tiempo atrás que el cambio climático complicaría a las futuras generaciones, lo veíamos como distante. No obstante, los desastres recientes del huracán Irma, María, y el terremoto de México, en las costas de América Central, atestiguan que la variación global, trae consecuencias directas en nuestro presente actual. El homo tecno avanzó a pasos agigantados en estos últimos tiempos. Pero ese estrepitoso confort logrado lo obliga a pagar un alto precio. Los desastres naturales recientes no dejan de ser la punta del iceberg de muchos problemas. El huir del sí mismo lo enceguece al encuentro del otro. Y, el mismo hábitat que eligió, lo llena de irresolución.
Es decir, nuestra humanidad corre atrás de la tecnología, y todo es pensado a partir de ella. El totalitarismo tecno lo invade todo y la mente humana parece quedar invadida de pasión, más que de razón, ante los cambios que se avecinan.
La historia parece ser más cíclica que lineal, cuando el ser actual va en busca de las partículas de metal, no externamente, sino internamente. Es decir, para ser más preciso, es el aparato el que domina el ser interno del hombre, y no la humanidad, la que controla al aparato. La máquina metida como partículas biológicas en sus venas, dominan ocultamente, todas sus ideas y acciones. Entre el arpón del hombre primitivo, y la laptop del hombre tecno adicto actual hay años luz de distancia, pero no de diferencia, si nos comparamos con cualquier ser de otra especie.
El homo tecno engolosinado transforma el mundo desde una materia que es in-formada, pero no do-minada, sin un fin claro a seguir. El fin último ya no lo pone el hombre, sino la materia. La exterioridad de los hechos decide sobre la interioridad de buscar un porqué, con un cambio de raíz, a nuestro actuar. Esta mente absorbida de materia divaga en vaciedad, pero no en vehemencia. Todo debe cambiar. Nada es estable, sino ajustable, para que este sistema pueda seguir. Es necesario instalar la incertidumbre, que nada dura, y que todo se debe reformar, en un predecir que lo venidero será mejor. En este "totalitarismo capitalista tecnocrático” el que no se adapta se las tiene que rebuscar por su propia cuenta. Solitario, aislado, con un discurso de Estado cada vez más ausente. La violencia creciente sólo resulta una cuestión de seguridad que debe ser controlada por policías y cámaras.
La misma incertidumbre resulta ser un proceso, como el engranaje central del sistema. La desesperación del hombre máquina, obligan a las generaciones venideras a seguir este proceso, con el único fin de salvar al capital. El adelanto no puede parar. Y, la desesperación es tal, que hay que seguir con el actuar instrumental, pero no de razonamientos fuera del poder dominante.
Las nuevas tecnologías no sólo afianzan un dominio del hombre sobre la tierra; sino que también debilitan su razón, desnudan la hipocresía de un actuar desinteresado, del ser más finito, que infinito. Lo perdurable se construirá con interioridad y razón.
