Uno conoce gente. Va a lugares. A unos por placer, a otros por obligación. Estos atrasan, vuelven al hombre a un estado primitivo, donde opta por enrollarse como las cascabeles, presto para atacar o defenderse. Tal vez una buena paga sea la compensación y la razón para que uno permanezca en esos incómodos lugares. Pero después busca el aire puro y se orienta hacia donde no haya nada de lo desagradable que puede ofrecer la vida. La sombra de un árbol, la liviana paz de un parque, los brazos de la mujer amada, un amigo y un café. Volver a la casa donde nacimos o a la casa de hoy, donde nos espera la sonrisa de un hijo, una buena comida, una buena cama y la paz, el sosiego. En fin, lugares donde uno aprecia que ser feliz no es algo inalcanzable.

¡Y una cancha de fútbol! Donde uno se desata. Se despoja, no sólo de sus ropas de hombre civilizado, sino también de todos los frenos que te imponen, o te autoimpones y te convierten en un vulgar objeto de la sociedad de consumo. Ahí dejamos atrás las inhibiciones, para mostrarnos tal cual somos, ni por arriba ni debajo de nadie. Jugarnos a tirar un caño, a probar al arco aunque provoque algún enojo, a gozar con una gambeta; de dejar solo al compañero para que haga su gol; correr para abrazarlo y abrazarnos con los otros, gritando al cielo las tres letras sagradas del fútbol.

Eso experimenté otra vez cuando nos reunimos, después de muchos años, los que durante décadas hicimos fútbol en Ausonia. Como una tempestad de pájaros liberados, así resultó ese encuentro de amigos. Sólo que esta vez no estábamos en la cancha, ni dándole a una pelota, sino apurando un asado, en el quincho futbolero de nuestro club. Pronto llegaron las guitarras. Canciones de Cortéz, Sabina, Palito Ortega, "Los Iracundos", "Los Náufragos" y todo lo más conocido del rock nacional. Para que todos cantaran, se fundieron con cuecas, tonadas, zambas y chacareras.

Las ganas de divertirse, me hicieron pensar que renovábamos el espíritu juvenil. Hubo inesperados homenajes, como a aquel compañero que la vida lo hizo pasar momentos dramáticos en nuestra misma cancha, cuando lo desplomó un ACV, del cual se está recuperando. Como aquel otro que ofició de maestro de ceremonias, con divertidos versos, en una faceta que no le conocíamos y que parece habérsele despertado después que le hicieron pegar la vuelta desde la misma puerta de San Pedro, porque aún no era su hora. Deliberadamente no voy a nombrar a ninguno, porque éramos como cincuenta y sería injusto que algunos quedaran fuera de este relato. Éramos como cincuenta, faltaron como treinta, pero todos fuimos un equipo envueltos en esa misma marea de sentimientos, como cuando íbamos detrás de la pelota y al lado nuestro la vida parecía reír a carcajadas.

Hemos jugado al fútbol. Esa especie de esperanza concretada, que amamos desde niños, cuando nuestro padre se apareció con una pelota de goma entre sus dedos y con una sonrisa grande y hermosa nos invitaba a patearla, sabiendo que esa simple acción nos alegraría la vida por siempre.